Una cruz robusta y resistente

cristo crucificado
En el mundo cristiano esta semana que termina se está celebrando la muerte y resurrección de Jesucristo. Una de las canciones gospel más representativas de estas fechas es el himno evangélico The Old Rugged Cross, que no ha pasado desapercibida en el universo country.
Numerosos cantantes de country clásico han ofrecido su particular versión de este tema. Y no es de extrañar, ya que la zona de mayor influencia del country -centro y sur de Estados Unidos- se caracteriza por una profunda religiosidad. De hecho, abundan los intérpretes de música country que empezaron cantando este tipo de canciones en el coro de sus iglesias.
La canción que vamos a escuchar hoy fue compuesta en 1912 por el predicador evangélico George Bennard, aunque no fue publicada hasta tres años más tarde. La primera grabación comercial de este icono gospel se la debemos a Virginia Asher (1921). Desde entonces, ha sido grabado por Eddy Arnold, Ernest Tubb, Brad Paisley, Alan Jackson, Ray Price o Johnny Cash, por citar solo a unos pocos.
Escuchemos primero la versión de Alan Jackson:

¿Y si le añadimos una voz tan potente como la de Tennessee Ernie Ford? Sin duda, obtenemos un resultado más que satisfactorio.

Por último, disfrutad de la versión de Brad Paisley.

Ernest Tubb, el trovador de Texas

Ernest Tubb
Tubb nació en el seno de una familia de granjeros en 1914, hace ahora cien años, en lo que hoy es una ciudad fantasma de Texas. Durante su niñez y adolescencia, ayudó a su padre en las tareas propias de la granja, pero lo que le interesaba era la música. Admirador de Jimmie Rodgers, aspiraba a conocerlo algún día, pero la muerte de este último le privó de ese encuentro. Conoció entonces a su viuda, quien le prestó la guitarra de su ídolo y, conmovida por su entusiasmo, movió los hilos para conseguirle un contrato con una discográfica, la RCA.
Aunque sus primeros trabajos no tuvieron demasiado éxito, en 1941 alcanzó la fama con Walking the floor over you (ya comentada aquí). Dos años más tarde, le ofrecieron entrar en el Grand Ole Opry y formó su propio grupo, Ernest Tubb and the Texas Troubadours, en el que se rodeó de los mejores músicos.
En la década de los 60 se podía decir que tenía la mejor banda de música country de la historia, con Leon Rhodes, Buddy Emmons y Buddy Charleton, los dos últimos especialistas en la steel guitar. Tubb, a quien todo el mundo conocía como E.T., consciente de que no tenía una gran voz y haciendo gala de un gran sentido del humor, dijo en una entrevista: “El 95% de los chicos que escuchan mi voz en los bares les dicen a sus novias: yo canto mejor que él”. Cuando le diagnosticaron un enfisema, Tubb siguió trabajando a pesar de los consejos de los médicos. Finalmente, murió de esta enfermedad en 1984.
Aquí tenéis una de las primeras canciones de su carrera, The soldier’s last letter, que llegó al número 1 en septiembre de 1944. Una canción patriótica, de ritmo lento y contenido melancólico, que evoca las últimas impresiones de un soldado que escribe una carta a su madre antes de morir en la Segunda Guerra Mundial. La melodía fue escrita por Redd Stewart, quien, después del ataque a Pearl Harbor, se alistó en el ejército y fue destinado al Pacífico Sur.

Esos campos de algodón

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Al pensar en el sur de Estados Unidos, uno no tiene más remedio que evocar los vastos campos de algodón que han significado una fuente de riqueza constante para esa región y, cómo no, una fuente de inspiración para la música folk americana.
La canción que vamos a escuchar fue escrita por el gran compositor de blues y folk Huddie Ledbetter, más conocido con Leadbelly, que la grabó en 1940. La letra es sencilla, y esa simplicidad nos traslada a los tiempos inmemoriales de lo más profundo de América: el narrador recuerda que, cuando era un bebé, su madre le mecía en su hogar natal de Louisiana, cerca de la ciudad de Texarkana, en Arkansas y que, cuando creció, se puso a recoger algodón para ganarse la vida.
Esta canción ha conocido multitud de versiones, como la de Harry Belafonte (1958), la del grupo Highwaymen (1961), la de los Beach Boys (1969), que se extendió por todo el mundo, o la de Creedence Clearwater Revival, que llegó a ser número 1 en México.
He aquí la versión original grabada por Leadbelly:

Y ahora vamos a comparar las distintas versiones. Escuchad la revisión de los Highwaymen veinte años más tarde:

Escuchemos la magnífica versión country rock que hizo el grupo Creedence Clearwater Revival.

Y la que hizo el cantante francés Hugues Aufray con el título L’enfant do.

El bar más famoso del honky-tonk

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Nashville, Tennessee, 1960. Con el honky-tonk, que se manifestó en la década de los 50, se perfilaba un cambio radical en la música country, y esta ciudad sería la principal protagonista de esa revolución.
Un hecho que contribuyó a que Nashville se asentara como la capital del country fue la inauguración de un bar originariamente llamado Mom’s y que luego cambiaría su nombre por el de Tootsie’s, cuando lo adquirió Tootsie Bess.
Se dice que la dueña del bar se distinguía por un corazón de oro, ya que solía dar pequeñas cantidades de dinero a los artistas desafortunados que intentaban abrirse un hueco en el mundo de la música. Ese dinero, como gesto de buena voluntad, le era luego reembolsado por los artistas consagrados del Grand Ole Opry.
En 2010 se cumplió el 50 aniversario del Tootsie’s con un concierto al que acudieron artistas de la talla de Kris Kristofferson, Little Jimmy Dickens o Mel Tillis, entre otros.
Si queréis visitarlo, su dirección es 422 de la calle Broadway en Nashville, justo detrás del Ryman Auditorium, el hogar del Grand Ole Opry. No tiene pérdida: casi desde sus inicios la fachada está pintada de púrpura, y su interior está repleto de posters y recuerdos de grandes del country como Hank Williams, Patsy Cline o Willie Nelson, quien actuó en este bar al principio de su carrera. En suma, que después de 54 años sigue tan joven y combativo como el primer día.
Os dejo con uno de los clásicos de la música country que Kris Kristopherson cantó en este bar, Me and Bobby McGee:

It wasn’t God who made honky-tonk angels. Jay Miller, 1952

Y la mujer llegó al country. Pero no cualquier mujer, sino la que se ha venido en denominar La reina de la música country. Aunque la canción no fue compuesta por una fémina, la grabación de Kitty Wells lanzó el tema al estrellato, donde se mantuvo nada menos que seis semanas consecutivas como número uno.
Bien es cierto que el honor de “anotar” la primera entrada en las listas del country corresponde a Margaret Whiting, en aquel Slippin’ around que compartió con Jimmy Wakely. Pero Kitty fue la primera que lo consiguió en solitario, en una época en que las mujeres no lo tenían nada fácil a la hora de acceder a la música country. En su autobiografía, Kitty, fallecida en 2012, confesaba que se vio abrumada por el éxito, un éxito que mostraría el camino a figuras como Patsy Cline, Tammy Wynette, Loretta Lynn o Dolly Parton.
Y es que no se trata solo de que el intérprete de It wasn’t God… sea una mujer, sino de que su fondo es todo un canto a la liberación sexual del género femenino.
Contextualicémoslo. Surgió como respuesta a un tema anterior de Hank Thompson, The wild side of life, en la que el autor culpaba de las posibles infidelidades de los hombres a las mujeres, por sus continuas dudas y mojigaterías a la hora de entregarse a su verdadero amor.
Al escuchar esta sarcástica canción, Jay Miller, el compositor de la nuestra, pensó que sería muy apropiado darle réplica con la voz de una mujer y a un ritmo un poco más rápido que la original.
El sello Decca Records ofreció la golosina a la vocalista Kitty Wells, que hasta entonces no había tenido demasiado éxito y tampoco parecía muy decidida a grabarla. Los 125 dólares que le pagarían por la sesión le convencieron de lo contrario.
La grabación cuenta con la colaboración del marido de Wells, Johnny Wright, al bajo eléctrico, Paul Warren al violín y Shot Jackson a la guitarra acústica.
La NBC prohibió pincharla por ser “demasiado sugerente”, pero el público dio la razón a los artistas. La melodía es una vieja conocida en las tonadas country, pues, aparte de la citada The wild side of life, fue utilizada por la familia Carter en I’m thinking tonight of my blue eyes (1929) o Roy Acuff en Great Speckled Bird (1936). Esta coincidencia fue recordada por el compositor de country David Allan Coe en If that ain’t country.
La canción comienza cuando la narradora escucha en la gramola el tema de Hank Thompson, a quien reprocha que las cosas no son como él dice, sino que “muchos hombres piensan que todavía están solteros y eso provoca que las mujeres vayan por mal camino”. A partir de ahí, el tema se convierte en toda una reivindicación de la Mujer, con mayúscula.

Bill Monroe, el padre de la música bluegrass

Bill Monroe
Hace unas semanas, traía a colación un diálogo de la película Alabama Monroe, en el que se sostenía que Bill Monroe era el mejor compositor de todos los tiempos. Voy a intentar demostrar que esta afirmación es cierta, en particular en lo que a música bluegrass se refiere.
Monroe nació en 1911 en Kentucky. Su estado natal lo acompañó durante toda su vida, y a él le dedicó numerosas canciones que hoy se consideran himnos oficiosos del estado.
Vio la luz en el seno de una familia que se dedicaba profesionalmente a la música. Sin ir más lejos, su tío era Pen Vandiver, un virtuoso del violín del que Monroe lo aprendió todo, y es que a los 16 años se quedó huérfano de madre y padre y se fue a vivir con él.
Le solía acompañar con la mandolina, un instrumento en el que se había especializado cuando su tío tocaba el violín en bailes campestres. En 1929, se trasladó a Indiana junto con sus hermanos, Birch y Charlie, también músicos, y formó el grupo Monroe Brothers. Birch abandonó la empresa y Bill y Charlie siguieron como dúo hasta 1938. Ese mismo año formó el grupo con el que alcanzaría la fama, The Bluegrass Boys y, al año siguiente, se unió a las filas del Grand Ole Opry, institución de la que formó parte hasta su muerte.
En esos años experimentó con varios instrumentos como el acordeón, que no tardó en aparcar, o el banjo, que le dio un sonido característico a la banda. Durante un tiempo, los virtuosos del banjo Earl Scruggs y Lester Flatt se unieron al grupo, si bien lo dejarían para formar el suyo propio, The Foggy Mountain Boys.
En 1949, tras firmar con la Decca Records, se inició su edad dorada, con la grabación de multitud de clásicos del bluegrass. Aunque a finales de los 50 su carrera empezó a decaer para dejar paso a otros estilos como el rock, en los 60 se dio una revitalización de la música folk, con la proliferación de numerosos festivales dedicados al género.
Bill Monroe trabajó hasta pocos meses antes de su muerte, acaecida en 1996, cuando estaba a punto de cumplir 85 años. Su legado llega hasta la actualidad. Ricky Scaggs ha declarado: “Creo que la importancia de Bill Monroe para la música americana es como la de Robert Johnson al blues o como la de Louis Armstrong. Es probablemente el único músico cuyo grupo ha dado nombre a un estilo de música”.
Escuchemos ahora la canción que dedicó a una de sus mayores influencias musicales, su tío. En 1950, grabó Uncle Pen, versionada posteriormente por Porter Wagoner o Ricky Scaggs. Esta la cantó en el Grand Ole Opry en 1956.

Cold, cold heart. Hank Williams, 1951

Es una de las más bellas baladas de amor jamás escritas. La compuso, cómo no, Hank Williams, y es un clásico de tal magnitud que forma parte del Great American Songbook, la selección de canciones populares canónicas americanas.
Fue en 1951 cuando Hank Williams grabó este tema en un disco cuya cara A correspondía a Dear John, que llegó al número 8 de las listas. La canción que hoy nos ocupa fue mucho más lejos. Fue la más escuchada en los honky-tonk (no tardó en alcanzar el número 1) y la crítica musical cayó rendida a sus pies.
Ese mismo año, Tony Bennett presentó una versión pop del tema, con arreglos de Percy Faith, que sirvió para poner la música country al alcance de un público más extenso. En su autobiografía, Bennett cuenta que Williams le llamó por teléfono tras oírla y le espetó: “Tony, ¿por qué has destrozado mi canción?”. En realidad, a Williams le gustaba la canción y solo estaba bromeando.
Luego vendrían las versiones de Louis Armstrong, Aretha Franklin, Norah Jones y muchos más. Incluso el cantante country Freddy Fender, que también cantaba en español, pues había nacido cerca de la frontera con México, hizo la suya propia con el título Tu frío corazón.
La canción nos habla de la frustración que experimenta el autor ante su amor no correspondido. Su chica sufrió una mala experiencia en otra relación y él se pregunta qué puede hacer para liberar su mente llena de dudas y derretir su frío corazón. “Tienes tanto miedo –le dice– que crees que todo lo que hago es un plan perverso”. El final, y aquí viene el spoiler, no es feliz, ya que se da cuenta de que su amor sigue atado a un recuerdo y, cuanto más se preocupa por ella, más se separan. Con esta canción, el country alcanzó unas cotas inimaginables para lo que había nacido como una música rural sin mayores pretensiones.

El hombre del trapecio

flying trapeze
Hoy os propongo ir al circo. ¡Es el mayor espectáculo del mundo…, después de la música country! ¿Queréis disfrutar de los imponentes elefantes y sacar conejos de la chistera? ¿Os apetece temblar con la danza del malabarista sobre el trapecio?
Porque el tema que os traigo, The daring young man on the flying trapeze, trata precisamente de eso. En 1867, se oyó esta canción popular en un circo británico, y no tardó en cruzar el charco a Estados Unidos, provista ya de una singular reputación.
La historia se basa en los logros alcanzados por el acróbata y trapecista francés Jules Léotard, y nos cuenta, de una forma un tanto humorística, las peripecias de un trapecista que, tras triunfar en sus exhibiciones circences, le roba la novia al narrador y termina convenciéndola para que trabaje con él en el espectáculo.
La canción fue utilizada en una escena de la película Sucedió una noche (1934), cuando los pasajeros de un autobús la cantan a coro. El éxito de la melodía hizo que, al año siguiente, el comediógrafo W.C. Fields protagonizara una película homónima.
Las versiones, como podéis imaginar, han sido infinitas. El tema se incluye en los repertorios de Walter O’Keefe, Eddie Cantor, Burl Ives o, más recientemente, Bruce Springsteen.
Escuchemos primero la grabación orquestal dirigida por el británico Henry Hall, en la voz de Len Berman.

Y, ahora, la versión de Eddie Cantor, que modifica ligeramente el final, diciendo que su amor ha vuelto volando a él.