Dos gardenias para ti y otros relatos. Adolfo Torrecilla, 2014.

Gardenias

Esta tarde, me lo vais a permitir, hacemos una excepción en nuestro blog de música country para hablar de literatura. La ocasión lo merece. Ya sabéis que aquí solo recomendamos lo mejor, y este libro es lo mejor que hemos leído en mucho tiempo.
Dos gardenias para ti y otros relatos, del profesor y crítico literario Adolfo Torrecilla, es ya una de las sorpresas literarias más agradables de la temporada.
El autor nos presenta una colección de diez relatos frescos y desenfadados, socarrones y audaces. Desde Restaurante El Buda feliz –que nos agarra con este gancho: “¡Muerte al chino, hay que linchar al chino!”– hasta el kafkiano El ascensorista, Torrecilla, como un moderno Valle-Inclán, pone su pluma al servicio del esperpento y caricaturiza a una sociedad de badulaques y benditos.
La mirada de Torrecilla sobre los asuntos de la corte es siempre afable. Sus palabras son como las cosquillas, y hay que ser un desaborido para no sonreírse ante las peripecias del Perolas y sus víctimas en Por fin obras o leyendo el tratado de esa raza vocacional –y ya en peligro de extinción– que son los domingueros.
Entre Tackeray y Wodehouse, Saki y el Berlanga de Plácido (en el relato Sobredosis de la solidaridad, sin ir más lejos), Adolfo Torrecilla practica una suerte de humor tranquilo, irónico y asombrado de sí mismo –casi todos sus relatos están escritos en primera persona–, que rehúye los cepos facilones y chabacanos.
Adolfo
Como un director de coro, este animador de la vida cultural española, a quien podemos leer habitualmente en Aceprensa, Suma Cultural y otros muchos medios, nos lleva por donde quiere. Le basta una epifanía para poner el lenguaje al servicio de su completo y radical desarrollo, sin retroceder nunca ni fijarse límites. Para Torrecilla, se diría que los cuentos son como naranjas que se van exprimiendo manualmente, con la paciencia y la modestia de un artesano.
Hay piezas de ciencia ficción humanista, como Antes era otra cosa, donde los transportes colectivos son suprimidos por razones de higiene; hay meta-literatura, como en la prodigiosa Camilo Troilo, en la distancia, que traza con sorna la imaginaria (pero más que verosímil) biografía de un escritor en la España de posguerra… y héroe local en Alhama de Murcia; o en Noam Chomsky y su gramática generativa, en la que pone el solfa el alambicamiento de ciertos teóricos y eruditos a la violeta.
Y hay música, cómo no, en el cuento que da título al libro, que desmenuza verso a verso la letra de Isolina Carrillo para el clásico que inmortalizó Antonio Machín. Torrecilla se pregunta: “¿Por qué dos gardenias y no tres, cuatro o cinco? ¿Por qué no un ramo? ¿Por qué gardenias y no rosas?”.
Las claves, en este libro, editado por Biblioteca On-Line al irresistible precio de 2,99 euros en Amazon, Google Play, Itunes o en la propia Biblioteca OnLine.
¡Os lo recomiendo!

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Folsom Prison Blues. Johnny Cash, 1955

En la entrada sobre Wabash Cannonball hablamos de la importancia de los trenes en la música folk americana. Aquí, el emblemático Johnny Cash une el subgénero de trenes con el de las prisiones. Esta canción, que nació como sencillo para el sello discográfico Sun Records, fue incluida tres años más tarde en el LP With his hot and blue guitar y tuvo tanto éxito que figuró también en All aboard the blue train (1962).
Johnny Cash reconoció que la inspiración le vino tras ver la película de 1951 Inside the walls of Folsom Prison. Con leves variaciones, la melodía había aparecido en el tema Crescent City Blues, de Gordon Jenkins (1953), quien no tuvo reconocimiento público por esta canción, si bien a principios de los años 70 Johnny Cash compensó su “silenciosa” contribución con 75.000 dólares.
Junto con I walk the line, esta canción es la más reconocible de Johnny Cash. Mención especial merece el concierto en directo que el artista dio en la misma prisión de Folsom en enero de 1968: los presos lo jalearon y Cash aprovechó para sacar un nuevo disco llamado At Folsom Prison.
La canción es un canto a la libertad. Su autor se pregunta cómo se sienten los reclusos ante la idea de que la gente se mueva libremente en los trenes. La letra narra la historia de un chico que fue encarcelado en la prisión de Folsom por no seguir los consejos de su madre –“siempre sé un buen chico y no juegues con armas”– y matar “a un hombre en Reno sólo por verle morir”. Ahora añora la libertad perdida, y en la lejanía escucha el silbato del tren y se imagina a la gente sin preocupaciones, “fumando cigarros y bebiendo café”. Finalmente, concluye con esta reflexión: si la línea de ferrocarril fuese de su propiedad, la alejaría de la prisión y con ello se iría su tristeza.